Un billete al desierto para el siglo XXI

Cada primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos lleva al desierto:

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días.

Me pregunto si estas palabras siguen teniendo significado para un cristiano del siglo XXI. Para los judíos del tiempo de Jesús, el desierto era un lugar lleno de evocaciones místicas y terribles. Cada año, en Pascua, recordaban el éxodo de sus padres y los cuarenta años durante los cuales Israel convivió a solas con Dios. Fueron años llenos de privaciones y de muerte; pero fueron, también, los años del noviazgo entre Yahweh y su pueblo. Nada fue igual a partir de entonces.

En cuanto a nosotros… Nuestra salida al desierto tiene que ser, necesariamente, interior. Se nos invita a un «retiro», a un apartamiento de todo aquello que perturba nuestra soledad con Dios.

Ayuno, oración y limosna. Un feligrés me ha prestado su billete al desierto: «No comeré entre horas ni tomaré chocolate. El tiempo que dedicaba a mi serie preferida lo emplearé en rezar. Escucharé a quien quiera hablar conmigo, aunque se lleve lo mejor de mi tiempo». Estos son los desiertos donde Dios espera a un cristiano del siglo XXI.

(TCB01)