Un amigo incómodo

No estoy seguro de que la palabra «resignación» sea católica. Yo, desde luego, no la he bautizado. Me parece una palabra triste, propia de quien baja la cabeza, se encoge de hombros, y ahí me las den todas.

No. Los cristianos no nos resignamos con el dolor. Podemos, incluso, amar el dolor, porque nos acerca a Jesús crucificado. Convertido en Cruz, el dolor es amor para nosotros.

Pero nuestro amor al dolor no supone apego, porque sólo a Cristo estamos apegados. Por mucho que amemos el dolor, estamos deseando quitárnoslo de encima. Y no hay contradicción en lo que digo. En esta vida, el dolor nos acerca a Cristo; pero, en el cielo, no necesitaremos tan incómodo amigo. Lo mismo sucede con la muerte: la amamos, porque nos llevará al Paraíso, pero estamos deseando dejarla atrás definitivamente.

Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas. Las pruebas anunciadas en el evangelio (terremotos, hambres, pestes, persecuciones…) son «el lado de acá» de la puerta. Las cruzaremos llenos de esperanza, porque nuestros ojos se clavarán en «el lado de allá», en la salvación.

Por tanto… Bienvenido sea el dolor; bienvenida la muerte… Pero que pasen cuanto antes, por favor. Queremos ver a Cristo glorioso.

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