Tus pecados están perdonados

¿Qué haces mientras el sacerdote pronuncia sobre ti las palabras de la absolución sacramental? ¿Estás atento, procuras recibir al Espíritu Santo con fervor? ¿Te recoges tanto como te recoges cuando comulgas? En esos momentos, la sangre de Cristo te está limpiando… Deberías, más que recogerte, sobrecogerte. Examínate.

(Aprovecho para decir que hay personas que rezan en voz alta el «Señor mío Jesucristo» mientras el sacerdote les absuelve. Puede que sea muy devoto, pero el sacerdote se hace un lío entre tus palabras y las suyas, y un día acabará diciendo: «Te conceda por el ministerio de la Iglesia castigarte con las penas del infierno». Será culpa tuya. ¡No le distraigas!).

Muchos sacerdotes, inmediatamente después de impartir la absolución, añadimos, a modo de despedida, las palabras de Jesús que hoy nos trae el evangelio: Tus pecados te son perdonados. ¿Las escuchas? ¿Las meditas? ¿Eres consciente de la noticia que te acaban de comunicar?

Mira que llegaste muerto, y sales vivo; llegaste sucio, y sales limpio; llegaste enfermo, y sales sano. Mira que toda la Pasión de Cristo ha sido empleada en redimirte. Mira que acabas de ser comprado a precio de Sangre.

Medita esa noticia. Deberías salir muy contento del confesonario.

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