Tu sitio ante Dios

Te he visto inclinarte ante esa imagen del Niño Jesús. Has besado su rodilla con cuidado y con cariño, y, después, te has erguido de nuevo para continuar tu camino.

¡Bien hecho! No has querido pasar de largo ante un Dios tan humillado. Y, aunque esa imagen lleva ya más dos semanas en tu casa, no quieres que quede convertida en un mueble. Por eso la besas cada vez que pasas ante ella.

Pero déjame decirte que aún te queda camino por recorrer. Y no es camino que puedas realizar andando, ni doblando la espalda.

Ante un Dios tan agachado, tan postrado, tan pequeño, no basta con inclinarse y erguirse de nuevo después de haber dejado un beso en sus rodillas. Es preciso abajarse más que Él, como hicieron los Magos, y vivir, en adelante, postrado ante su Majestad. Así encontrarás tu sitio.

Cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Es el beso de un enfermo el que dejamos en la piel del Niño Dios. Y, tras ese beso, debe venir una vida de completa adoración. Si «humildad» viene de «humus», que significa «tierra», el fruto más precioso de la Navidad es una vida humilde.

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“Evangelio