Tú eres mi hijo

Cuando san Marcos narra el bautismo del Señor, introduce una variación respecto a san Mateo. Mateo describe la voz del Dios como un anuncio: Éste es mi Hijo amado (Mt 3, 17). Marcos, sin embargo, nos sitúa ante una declaración de amor: Tú eres mi Hijo amado. Las palabras de Dios, en este relato, son muy íntimas, y sorprende que hayan sido escuchadas por las multitudes que acudían a bañarse en el Jordán.

Lucas sigue a Marcos, y no a Mateo. Porque en el salmo 2 estaba escrito así: Tú eres mi Hijo (Sal 2, 7). Era preciso que, a la voz del Padre, se sumara la autoridad de la Escritura para declarar que Jesús es Dios de Dios.

Con todo, yo prefiero quedarme con lo personal. Ya escuché la voz del trueno en el Jordán. Hace doce años de aquello. Pero, mucho antes de que sucediera, fui sumergido en Cristo por el bautismo, y, desde entonces, esa voz del Padre ha dejado su sonido en mi alma: Tú eres mi hijo amado. De cuando en cuando, me recojo dentro de mí, guardo silencio, y la escucho: Tú eres mi hijo amado. Podría morir de alegría en un momento así.

(BAUTSRB)

“Evangelio