Tu dios y tu sangre

Las malas noticias corren como la pólvora:

Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

La crueldad del procurador romano, además de terrible, era innecesaria. No hace falta ningún sádico para que la sangre del hombre se vierta unida a la de los sacrificios que ofrece a su dios. Para bien, o para mal, sucede siempre.

Hay quienes le ofrecen al trabajo sus mejores años y sus mejores horas. Abandonan a sus familias, a sus amigos y su propia alma. Finalmente, le entregan también la salud a su dios, y su sangre queda vertida en el logotipo de una empresa.

Hay quienes viven para el placer. Llámalo drogas, alcohol, sexo… Esclavizados por la sensualidad, se convierten en un monstruo de egoísmo. Y, tras entregarle la vida a ese ídolo, los excesos se comen su salud, y le acaban entregando también su muerte.

Hay quienes viven para Cristo. Son los más bienaventurados de los hombres. A Él le ofrecen cuanto son y cuanto tienen. Y, llegada su hora, su sangre se vierte junto con la sangre del Cordero y obtienen la redención de muchas almas.

Elige.

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