Truchas y truchos

No sé cómo se llevan las truchas con los truchos. Ni siquiera sé si una trucha es capaz de amar. Lo único que sé de las truchas es que, con una loncha de beicon en la panza, están estupendas. Por eso, cuando, de niño, mis padres me decían: «Te quiero mucho, como la trucha al trucho», me quedaba con cara de haba. Hay imágenes mejores para mostrar un gran amor, aunque no rimen.

Pero ninguna como la que empleó el Amor mismo: Como el Padre me amó, así os he amado yo. Si el Verbo divino, eterno como el Padre, es eternamente amado, sin embargo, la humanidad santísima de Jesús, como la nuestra, tuvo que aprender a ser querida. A través de la Virgen, abrió su corazón humano para recibir, en él, el Amor del Padre. Fue ese mismo Amor el que derramó sobre nosotros en la Cruz.

Se nos llena el mundo de truchas y truchos. Llaman «amor» al egoísmo carnal, con y sin beicon. Pero pocos conocen el Amor verdadero. Es tarea de los cristianos recibir el Amor de Cristo y derramarlo sobre un mundo al que deberíamos gritar: «Como Cristo me ama, así te he amado yo».

(TP05J)