Trompetas de muerte

Te desvives por los demás, y ellos no se dan cuenta, porque no presumes de tus desvelos. Sufres, y nadie te consuela, porque no te quejas nunca. Los trabajos salen adelante, y la mayor parte del trabajo la haces tú, pero nadie lo sabe, porque nunca dejas mal a quienes hacen menos que tú. Ya se encarga Dios de darte, de cuando en cuando, algún consuelo, para que no desfallezcas: alguien que te sonríe, porque adivina tu entrega; esa paz que te queda en el alma cuando los demás se benefician de tu vida; esa «cucharadita de miel» que la Virgen, algunas veces, deja en tu boca durante la oración… Todo eso te lo da Dios, como adelanto de la recompensa del Cielo. Pero tú no lo busques; agradécelo cuando lo recibas, y disfrútalo, pero no lo busques.

No mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. No seas como ellos. Si buscas algo en esta vida que no sea Dios, perderás a Dios. Y lo que buscas, si lo encuentras, te sabrá a amargura.

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