Tritonos y politonos

Estoy hablando con un amigo, y, de repente, explota un tritono. Como un trueno. Mi amigo saca el teléfono del bolsillo y comprueba sus mensajes. Yo, pobre idiota, sigo hablando para nadie. Al poco rato, ya no es un tritono, sino un politono lo que explota. Mi amigo dice «perdona», y atiende al teléfono a quien llegó después que yo. Escucho la conversación, porque el volumen del auricular está alto. Ya no me apetece seguir hablando. ¿Para qué? Le llamaré al móvil si quiero su atención.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése da fruto. ¡Pobre Dios! ¿De verdad crees que te escuchan más que a mí? Desde el observatorio privilegiado del ambón, mientras predico, veo feligreses tecleando en sus smartphones. Una tarde, entro en la capilla, y hay siete personas ante el sagrario. Todos pendientes de sus pantallas, en las que, sin duda, leen textos piadosos. Pero al sagrario nadie lo mira.

Pueden oír, pero cada vez escuchan menos, y entienden menos aún. Porque estos aparatos que nos han adosado al cuerpo están logrando que nadie preste atención a nada, a base de querer estar pendiente de todo a la vez.

(TOA15)

Liber Gomorrhianus