Torpes que queremos ser santos

Marta no es teóloga; su hermana María iba a las clases, pero Marta se las saltaba. Es una mujer de su casa, es precipitada y ansiosa, es impulsiva y respondona. Cuando, ante la muerte de Lázaro, Jesús dice: Tu hermano resucitará, la imagino dándose la vuelta con el brazo en alto:

Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Es como decir: «¡Y qué! El último día está muy lejos. Yo quiero a mi hermano hoy».

Y Jesús, que tanto la quiere, respira hondo y le contesta, sereno y paciente:

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Marta cae por tierra. Aunque su esperanza está bajo mínimos, tiene una fe como una catedral, y un amor que no le cabe en el pecho.

Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

¡Bendita Marta! Tan cercana a nosotros en tu debilidad, tan amante de Cristo en tu secreta delicadeza, tan rendida en tu fe. ¡Qué bien puedes entendernos a los torpes que queremos ser santos!

(2907)