Tirando piedras contra mi tejado

Tengo el tejado lleno de piedras. Y todas las he tirado yo. Aún tiraré más, aún a riesgo de derribarlo, con la esperanza de que los pájaros que hay dentro de casa vean el cielo y echen a volar.

Soy párroco. Amo a mi parroquia. Y valoro muchísimo la tarea que realizan quienes trabajan aquí, impartiendo catequesis, socorriendo a los pobres, preparando la liturgia… Pero siento el fracaso cada vez que encuentro a personas convencidas de que amar a Cristo consiste en proclamar las lecturas de la misa, o en inscribirse en todos los grupos que aparecen en el tablón de anuncios de la iglesia. Creen que, si aman al Señor, deben pasar horas y horas en su casa, como si el «buen olor de Cristo» consistiera en oler a agua bendita. Y siento deseos incontenibles de gritar: «¡Que no! ¡Que no!».

Id al mundo entero y proclamad el evangelio. El impulso sobrenatural de quien ama a Cristo le lleva hacia fuera, no hacia dentro. El amor al Señor se plasma en obras al aire libre, no en locales mal ventilados. Necesitamos colaboradores en la parroquia, pero incluso ellos deben preferir llegar al cielo antes por mártires que por sacristanes.

(TP01S)