Tinieblas de colores

Cuando el anciano Tobías, que había quedado ciego por la impertinencia de un pajarraco, recobró la vista, lo primero que vieron sus ojos fue al fruto de sus entrañas. Y le dijo: ¡Te veo, hijo, luz de mis ojos! (Tob 12, 13). A aquel buen hombre, la luz del sol ya no le interesaba si no le devolvía el rostro del hijo querido, que llevaba tanto tiempo ausente.

Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda según vuestra fe». Y se les abrieron los ojos. Lo primero que vieron aquellos ciegos, al recobrar la vista, fue la Luz. Vieron el dulce rostro de quien es Luz del mundo. Y, después, quedaron ciegos otra vez, aunque se tragaran todas las series de todas las plataformas de streaming, porque al Hijo de Dios lo perdieron de vista.

¡Estamos tan ciegos! Mientras no nos sea devuelto el rostro de Cristo, cuando Él venga sobre las nubes, no vemos más que tinieblas. Son tinieblas de colores, para entretenernos, pero maldito entretenimiento, si nos aparta de la nostalgia del Hijo de Dios.

¡Benditos crucifijos, benditos belenes, benditas imágenes de la Virgen, que sirven de reposo a nuestros ojos hasta que vuelvan a verte, Señor!

(TA01V)