Tíñeme, peluquero

Leídas hoy, las palabras del Señor pueden parecer exageradas: No puedes volver blanco o negro un solo cabello. Blanco, negro, rubio de bote, rojo con mechas grises, azul con brotes verdes, y fucsia con ramitas de azafrán. Si uno pasea por una calle céntrica de nuestras ciudades, verá cabelleras de todos los colores.

Sin embargo, debajo del tinte… El pelo es lo que es –o lo que no es–, y punto. Lo que sucede es que, la mayor parte del tiempo, esa verdad no la ve ni el interesado. Salvo cuando deciden cambiar el tinte y disuelven al antiguo, el color del pelo sólo lo ve Dios.

Sucede igual con el alma: muchos se la tiñen, y ni ellos mismos saben de qué color es. Si a la murmuración la llamo «vida social», a la mentira le añado el apellido de «piadosa», a la pereza la denomino «cansancio» y tengo mis rencores por justicia divina… Al final, voy a confesarme, y le acabo diciendo al sacerdote que hago poco silencio en la oración y que no me acuerdo de más.

Lo malo es que la bestia que entró en el confesonario escondida bajo el tinte sale de allí intacta.

(TOI10S)