Tiempo de hablar, tiempo de callar

Estabas cenando con unos amigos. Escribo «amigos» por escribir algo, ya sabes. Todo iba bien, la conversación era agradable… Hasta que alguien mencionó a la Iglesia. Todos te miraron. Como saben que vas a misa, se ensañaron criticando a sacerdotes, obispos y papas. No había argumentos; sólo había odio. Querían hacerte daño, y reclamaban una respuesta de tu parte… Pero tú cambiaste de conversación, y no respondiste. Por la mañana te sentías avergonzado y traidor.

Sin embargo, yo no estoy seguro de que hicieras mal. Hay un tiempo de hablar, y un tiempo de callar, sufrir y ofrecer. Jesús no abrió los labios mientras el Sanedrín lo acusaba con testigos falsos. Y cuando los sumos sacerdotes le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces esto?, eludió la pregunta con habilidad, y no respondió. ¿Para qué hablar, cuando sabes que no serás escuchado, y que tus palabras sólo aventarán más blasfemias? Mejor, entonces, hablar con Dios que con los hombres.

Sin embargo, hay algo que debes hacer: Entre aquellos «amigos» con quienes cenaste, hay dos o tres con quien tienes más confianza. Llámalos, y háblales a solas. Verás como, sin el apoyo del grupo, te escuchan. Quizá, de aquellas blasfemias, salga alguna conversión.

(TOP08S)