Testimonio sin luces de neón

En nuestros ambientes eclesiales, últimamente la palabra «testimonio» ha adquirido tintes de espectáculo. Organizas un encuentro diocesano, y buscas a alguien que lo amenice con un testimonio. A ser posible, alguien que tenga una historia impactante, porque vivimos de impactos. Un drogadicto que ahora es monje; una religiosa que antes fue delincuente habitual; un médico abortista que ahora dirige una asociación pro-vida… Y, finalizado el testimonio, grandes aplausos, como en un concierto. Los que hemos ido a misa toda la vida y no hemos delinquido no tenemos nada que hacer en esos auditorios. Pobres de nosotros.

Cuando venga el Paráclito, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. ¡Qué gran noticia, para los que hemos conocido al Señor «desde el principio», y no hemos estado en la cárcel, ni nos hemos drogado, ni hemos formado parte de bandas de delincuentes! También nosotros estamos llamados a dar testimonio, y nada menos que como lo da el Espíritu. Testimonio de amor.

No necesitamos auditorios, ni aplausos. Sólo calles, bares, oficinas, supermercados, casas… Con el amor que mostremos a nuestros semejantes, daremos testimonio de que Cristo vive y ama a todo hombre. ¡No está mal!

(TP06L)