Tenemos a uno que abogue ante el Padre

En el libro de Job, Lucifer tiene un lugar en la corte de Dios: el del «Satán», que significa «acusador», «fiscal». Así lo llama también el libro del Apocalipsis: El acusador de nuestros hermanos (Ap 12, 10). Satanás le recuerda a Dios nuestros pecados, reclamando nuestra condena. Y nos los recuerda también a nosotros, quitándonos la paz y haciéndonos creer que somos indignos del favor de Dios. ¡Cuántas almas atormentadas por culpa de escrúpulos inútiles!

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Con estas palabras, los fariseos dejaban claro a quien servían: al Acusador. Habían formalizado, sobre la marcha, un juicio rápido, y se apresuraron a ocupar el asiento del fiscal. Ahora querían saber qué asiento ocuparía el Señor.

Pero Jesús dejó vacío el estrado del juez. El juicio no será rápido, porque aún no ha llegado la hora. Todavía es tiempo de misericordia.

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Jesús ocupó el asiento del abogado y recusó al fiscal. Ha venido a salvar al hombre, no a juzgarlo.

Dime una cosa: ante los pecados ajenos, ¿qué asiento ocupas tú?

(TC05L)

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