Tan pobre como Lázaro

La parábola de Lázaro y Epulón es la historia de un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía a Dios.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

¡Qué paradoja! Quien ni siquiera recibía las migas de la mesa del rico, sin embargo alimentaba a los perros con sus llagas. Tan pobre era, que ni su propia sangre le pertenecía. ¿Te recuerda a Alguien?

Quizá Epulón creía en Dios. Quizá rezaba. Puede que tuviera a Dios, pero lo tenía como «una cosa más», entre las miles de cosas que poblaban su vida. Quizá no se conformaba con ser rico en bienes materiales, y deseaba tener igualmente bien alimentado el espíritu. Pero, cuando se tiene a Dios, y se tienen mil cosas más, Dios suele quedar sepultado entre cosas.

Tú tienes cosas… Tienes que usarlas, pero no las hagas tuyas; sé capaz de vivir sin ellas. Porque, si quieres salvarte, debes ser como Lázaro: tan pobre, tan pobre, que sólo tengas a Dios, y no puedas prescindir de Él para nada.

(TOC26)