Sueños juveniles y mondas de patatas

«Te ha llamado Dios», le anunciaron a una joven. Y se creció. Pensó en grandes gestas, se vio fundadora de una gran institución a la que se acogieran miles de personas, paño de lágrimas de miles de ojos afligidos, salvadora de miles de almas perdidas… Y cuando, finalmente, se dio cuenta de que llevaba peladas miles de patatas en la cocina del convento, se vino abajo. ¡Pobrecilla! Pensó que Dios la llamaba a misiones fabulosas en las que fuera irreemplazable, sin caer en la cuenta de que Dios no la necesitaba para nada. Sólo la amaba.

No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Fue el Médico quien te llamó. Y, si hubieras acallado el alboroto de tus sueños de grandeza, habrías escuchado: «Estás enferma, y te voy a curar; estás sucia, y te voy a limpiar; estás muerta, y te voy a resucitar. Deja esas cosas en las que pierdes la vida y ven conmigo».

Tras otros tantos miles de patatas peladas, al fin calló y escuchó esa voz que llevaba años en el aire. Sonrió, se vio sana y amada, y dio gracias. Sólo después le reveló Dios a cuántas almas había salvado con cada patata.

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