Sorpresas de apóstoles perplejos

De todas las palabras que el Señor pronunció en aquella Última Cena con los suyos, quizá éstas sean de las más tristes:

Y todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

Se llena de tristeza el corazón al considerar que el mundo no conoce a Dios. Cuando se sabe quién es Jesucristo, cuando se han gustado las mieles del Amor divino, uno desearía que todos los hombres pudieran compartir ese gozo, el único que convierte la vida en una fiesta. Y, al ver que las gentes viven sin Dios, al intuir el vacío de esas almas que se precipitan en la muerte, uno comprende las lágrimas que Cristo vertió sobre Jerusalén.

El grupo de la Legión de María de mi parroquia sale cada domingo a las plazas a anunciarle a la gente que Dios los ama. Y vuelven, cada martes, sorprendidos de que haya tantos que no han oído hablar de Dios jamás. La sorpresa aumenta cuando comprueban que quienes sí han oído hablar de Dios son quienes menos quieren escucharlos.

¿Qué nos pasa? Si a los propios creyentes nos aburre el anuncio, ¿cómo gritaremos al mundo la buena noticia?

(TP05S)