Sólo mujeres y niños

El vientre materno es una estrecha pista de baile. Pero no es posible contener a quien fue llamado desde las entrañas para anunciar al mundo la venida del Mesías. No puede hablar, ¿cómo gritará? Gritará bailando, como David, agitado por el Espíritu y rebosante de emoción. La madre se convierte en inesperada compañera de danza, y el mismo Espíritu que agita su vientre mana a borbotones por sus labios:

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

Lo que Juan sólo puede decir bailando, lo proclama Isabel a gritos: Acaban de entrar en su casa la bendita y el Bendito.

María es la bendita, pues ninguna mujer recibió bendición tan grande como la que Dios derramó sobre su esclava. Es virgen, es esposa, y es madre. Madre de todo un Dios.

Jesús es el Bendito, el Ungido. Y el niño que baila será quien, pasados treinta años, escuche la bendición del Padre sobre su Hijo: Éste es mi hijo amado, en quien me complazco (Mt 3, 17).

Sólo mujeres y niños. Ni Zacarías ni José aparecen. Faltan el padre y el esposo… No, no faltan. En esta escena, el Padre es Dios y el Esposo Cristo.

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