Sólo hace falta mirar

En aquel momento, el bueno de Bartolomé, que había visto su intimidad descubierta ante la mirada del Hijo de Dios, y que se había postrado ante aquel hombre a cuyos ojos nada se ocultaba, no tenía la menor idea de a qué se refería Jesús cuando le dijo:

Has de ver cosas mayores. En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Nosotros, si tenemos fe, vemos cosas mayores. También, como Bartolomé, nos sabemos mirados por Cristo en lo más profundo de nuestras almas. Pero, además de eso, nosotros tenemos el Crucifijo.

A través del costado del Señor, traspasado por la lanza, vemos el cielo abierto de par en par; sólo hace falta mirar. Y, si seguimos mirando a través de esa sagrada ventana, vemos a la Virgen santísima, como trono de innumerables ángeles. Y, si no dejamos de mirar, vemos a esos mismos ángeles subir y bajar sobre el Crucifijo, como lo hacían sobre la escalera que Jacob soñó mientras dormía con su cabeza apoyada en una piedra.

Ya lo ves… Bueno, ojalá lo veas, porque, realmente, son cosas mayores. Sólo hace falta mirar.

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