Soledades e intimidades

«¡Ojalá hubiese vivido en Israel en tiempos de Cristo! ¡Ojalá hubiera podido ver su rostro!» Lamento decepcionarte, pero la mayor parte de quienes quisieron ver al Señor se quedaron con las ganas. Eran tales las multitudes que lo rodeaban, que ni la Virgen santísima logró acercarse a su Hijo.

Vinieron a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. ¿De verdad crees que hubieras sido tú más que ella? Francamente, no estoy seguro de que me hubiese gustado vivir en Israel durante aquella época.

Pero llegó una hora en que las multitudes, aterradas, se echaron atrás. Y Jesús subió solo a la Cruz. Entonces pudo abrirse paso la Virgen, y confortar al Hijo a quien todos despreciaban. Ese es tu momento, y el mío: la Cruz.

Y el sagrario. ¡Está tan solo Jesús en los sagrarios! Como en la Cruz, nadie te perturbará, nadie te robará esa intimidad. Acompáñalo allí, visita al Santísimo todos los días. Tus ojos seguirán añorando el rostro del Señor, pero tu alma, que ve a Jesús en la Hostia, los consolará con la esperanza del Cielo. Benditos y adorados sean todos los sagrarios del mundo y sus silencios.

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