Sin cambiar nada, todo ha cambiado

Para los apóstoles, la resurrección de Cristo, aparte de una maravillosa sorpresa, supuso un enorme desconcierto. No sabían a qué atenerse. El Señor aparecía ante ellos, y habitaban el cielo. Pero después desaparecía, y se desorientaban. Es como quien va a misa el domingo y, en cuanto sale de la iglesia, vuelve a su vida como si Dios no existiera.

Me voy a pescar. Aquella tarde, lo importante era el pescado. Y la pesca nocturna resultó ser un fracaso. Pero aparece, de mañana, un personaje misterioso, y obedeciéndole pescan lo que no habían pescado en toda la noche. Juan exclama: Es el Señor. Y, ante estas palabras, el centro de gravedad del Cosmos se desplaza y se asienta en la orilla del lago. De repente, lo único que importa es Cristo.

Simón se precipita al agua, en busca de la playa donde está su Señor. Ya sólo quiere alcanzar a Cristo. Y, mientras agita el lago con sus brazadas, nosotros entendemos las palabras del Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3, 1-2).

(TP01V)