Siempre existe una buena excusa

Ninguno de los invitados al banquete de aquel hombre dijo: «No quiero ir». Todos tenían un motivo para ausentarse. He comprado un campo… He comprado cinco yuntas de bueyes… ¡Me acabo de casar!

Tu intención era ir a misa. Pero vino a visitarte tu hermano con sus hijos, se quedaron a comer, alargaron la sobremesa y… ¡Imposible salir! ¿Cómo ibas a dejarlos solos en tu casa diciendo que te marchabas a misa?

Querías hacer un rato de oración por la mañana, pero te llamaron por teléfono justo a la hora de comenzar a rezar. No era un comercial tratando de venderte algo, era ese amigo que necesita hablar… ¡Vaya si lo necesita! Estuviste 45 minutos al teléfono. Ya no quedó tiempo para rezar.

Tenías que asistir a ese medio de formación cristiana, pero ese día estabas tan cansado que decidiste que a Dios le agradaría más que descansaras un poco.

Le habías ofrecido a Dios el sacrificio de no comer entre horas los viernes. Pero no querías parecer raro ante quien te invitó a un café a mediodía. ¡Nadie lo toma sin una magdalena!

Ten cuidado, por favor. Siempre hay una buena excusa para no hacer la voluntad de Dios.

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