Si tuviéramos fe

Cuando uno celebra su boda, lo que menos le apetece es enfadarse con los invitados. No creo que Cristo resucitado pueda contrariarse por tener que reñir a los suyos; al fin y al cabo, ya ha vencido toda batalla. Pero no fue elegante, por parte de los cristianos, recibir la victoria de Cristo con incredulidad. Tampoco ese día, el más grande de la Historia, estuvimos a la altura.

Se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, porque no había creído a los que lo habían visto resucitado. De la misma forma había reprendido a los dos de Emaús.

Esas reprensiones estaban más dirigidas a nosotros que a ellos. Porque ellos, al fin y al cabo, lo vieron, y, al verlo, cesaron sus dudas. Pero nosotros, muy probablemente, no lo veremos en esta vida; tendremos que esperar hasta alcanzar su orilla. Entre tanto, debemos creer a quienes lo habían visto.

Más me preocupan quienes no tienen a quien creer, porque nadie les habló. Porque mayor reprensión mereceremos nosotros que ellos. ¿Acaso no nos dijo Jesús Id al mundo entero y proclamad el evangelio? ¿Lo estamos haciendo?

(TP01S)