Si lo haces, hazlo bien

A la hora de rezar, rezar. A la hora de trabajar, trabajar. A la hora de descansar, descansar. Y, a la hora de misa, a misa. Si el confesor te da un consejo, lo cumples.

No está mal. Mal estaría que durmiésemos a la hora del trabajo, o encendiéramos el televisor a la hora de misa. Pero esa serie de movimientos que tratan de poner por obra lo que Dios quiere no bastan para ser felices, ni para ser santos.

Es preciso, además, poner el corazón en cuanto hacemos, y hacerlo por amor.

Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.

Porque si, mientras rezamos, nuestro corazón se escapa a las preocupaciones y asuntos de este mundo… Si, mientras trabajamos, estamos deseando terminar para dedicarnos a otra cosa… Si, mientras estamos en misa, miramos el reloj deseando que la misa termine… Si obedecemos al confesor a regañadientes, pensando que no nos comprende… ¿Podremos ser felices? ¿Podremos ser santos?

Mira: si, a la hora de servir a Dios, te reservas el corazón y le entregas sólo el cuerpo, ni gozarás de Dios, ni gozarás del mundo. Dale primero a Dios el corazón, y el cuerpo se moverá solo.

(TOP28M)

“Evangelio