¡Se levanta Dios!

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos; huyen de su presencia los que lo odian (Sal 67, 2).

Aún era de noche. Cubrían el mundo oscuridad, silencio y tinieblas. Y, de repente, el Señor se despertó como de un sueño, como un soldado vencido por el vino (Sal 77, 65). Tembló la tierra, como había temblado dos días antes, y un ángel, venido del cielo como un rayo, movió la piedra y se sentó, triunfante y desafiante, sobre ella. Nadie en el sepulcro. Los soldados, temblando de miedo, huyeron despavoridos.

María la Magdalena vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr. Pero no miró. Corrió en dirección contraria, como los soldados. ¡Qué paradoja! El hombre fue el último en enterarse de su propia redención. Hay que restregarse los ojos, amigo. Mira esa tumba abierta.

Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

El día recién nacido invadió de luz el alma de Juan.

Dios, el que se agachó, hoy se ha levantado. Ha roto la muerte. Ha rasgado el cielo. Y la luz llena la tierra.

¡Abre los ojos! ¡Despierta! ¡Cristo ha resucitado, y te ha levantado a ti! ¡Feliz Pascua!

(TPC01)