Se hartó, y nos amó

Tenía Dios que hacerse hombre para poder estar harto de nosotros. No te asuste lo que escribo, porque es bueno. También tenía que hacerse hombre para poder llorar ante Jerusalén, donde todos morábamos. Ese hartazgo, y esas lágrimas de Dios, nos han salvado.

¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? El mismo Dios que profiere estas palabras de cansancio es Aquél que dijo: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres (Pr 8, 31). Se cansa, pero obra el milagro y expulsa al demonio. Nos sufre, pero se queda junto a nosotros. Padece soledad en los sagrarios, pero permanece allí encerrado. Sufre nuestros pecados, pero nos ama tanto que ofrece sus lágrimas, y baña en ellas su Pasión como sacrificio redentor…

Somos nosotros quienes, cuando alguien nos cansa, le damos la espalda. No es pecado cansarse, ni tampoco lo es el decir, con enorme cariño: ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Miles de madres lo repiten todos los días. El pecado es retirarse, y añadir: «¡Ahí os quedáis!». Esas palabras no las encontrarás en la boca el Señor.

También hay mucho amor en sufrir al ser querido… Si no nos retiramos.

(TOP07L)