Santo, sabio y feliz

Hablamos de «sabiduría», y la gente piensa en libros, montañas de libros, horas y horas de estudio, personas insufribles que lo saben todo sobre todo, repollos que tienen respuesta para cada pregunta, frikis que ganan en el «Ahora caigo» semana sí y semana también… Pero la sabiduría es otra cosa.

Perdón por el latinajo (no vaya yo a ganarme un puesto en las definiciones de arriba), pero «sapientia» está emparentado con «sapere», y «sapere» significa «saborear». «Sabio», entonces, no es quien acumula información, sino quien saborea lo que conoce, porque lo ha hecho propio, y lo disfruta.

El Espíritu de la verdad recibirá de lo mío y os lo anunciará.

Como quien toma miel, con su mano, de un tarro, y te la pone en la boca, así el Espíritu Santo toma la dulzura del Amor de Cristo y la deposita en el paladar del alma. Y el alma, al recibir el don de sabiduría, paladea al Hijo de Dios en lo profundo de sí. Conoce a Cristo, pero, más que conocerlo, lo saborea y lo disfruta. Por eso, cuando los labios hablan de Dios, destilan la misma dulzura.

Y es que el santo, el enamorado, es el verdadero sabio.

(TP06X)