Róbame lo que no te doy

Te entregas a Dios; y sé que quieres pertenecerle por completo. Pero, mírate: nunca acabas de entregarte del todo. Rezas; pero, durante la oración, sigues aferrado a tus problemas y dando vueltas en la cabeza a tus asuntos. Llevas una vida ordenada, y entregas ese orden como ofrenda a Dios; pero, por favor, que no te lo desordene, que no rompa, con imprevistos, esas rutinas tuyas. Le dices a Dios que tu corazón es suyo; pero… ¡cuántos apegos terrenos!

Un reino dividido internamente no puede subsistir.

Luego te quejas de que te falta fe. Pero lo que te falta, más bien, es generosidad. Si te entregaras por completo, tus ojos, limpios de egoísmos, recibirían más luz.

Lo sé. Quieres, pero no puedes. Por más que lo intentas, siempre acabas quedándote con algo.

Te diré lo que puedes hacer: si no te ves capaz de entregarle a Dios todo cuanto tienes, dale, al menos, permiso para que te lo robe:

«Señor, aquí me tienes. Toma cuanto quieras de mí; soy tuyo. Toma mi tiempo, mis planes, mis problemas, mis afanes…»

¡Ah, una cosa más! Si has hecho esta oración, y Dios viene a robarte, no te quejes. Se lo pediste tú.

(TOI03L)

“Evangelio