Rezar, o haber rezado

Si la oración fuera un deber del cristiano, del mismo modo que pagar impuestos es deber del ciudadano, la satisfacción, más que en rezar, consistiría en haber rezado. Nadie disfruta pagando impuestos (salvo enfermedad); pero uno puede sentirse aliviado después de haber entregado la declaración del IRPF, pensando que se ha quitado un peso de encima (y unos cuantos euros). Del mismo modo, el «rezador» sentiría, durante la jornada, el peso de un deber no cumplido todavía («tengo que rezar»). Pero, después de hacer la oración, respiraría aliviado: «Ya he rezado. El resto del día, para mí».

Ahora bien, si la oración no es un deber, sino el mayor gozo de la vida, la satisfacción no consiste en haber rezado, sino en el mismo rezar. Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. En la oración, el Señor, por su Espíritu, viene al alma, y la llena de un gozo inefable. ¡Es tan dulce rezar! Muchas veces, ni siquiera es preciso decir nada; basta con escuchar en lo profundo del alma la voz sin palabras del Paráclito. Y, otras veces, es suficiente con mirar y ser mirado.

No. Definitivamente, rezar no es pagar impuestos.

(TP06V)