Reza, pero no te conformes

¡Qué paradoja! A quienes no rezan, hay que decirles que, sin oración, no podrán salvarse. Y, a quienes rezan, hay que recordarles que no basta rezar para alcanzar el Cielo. Ambas advertencias son ciertas; aplícate que la que te convenga. Sin oración, la amistad con Cristo es imposible. Pero la oración, sin obediencia ni entrega de la vida, se convierte en pasatiempo espiritual para burgueses.

Podría haber dicho Jesús que la oración es la roca sobre la que se asienta la vida del santo. Pero, más bien, sus palabras apuntan a que la santidad se fundamenta en la obediencia amorosa.

No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

Te lo digo especialmente a ti, porque, si estás leyendo estas líneas, supongo que rezas. Y, por el Amor de Dios, no dejes de rezar por nada del mundo. Pero no te conformes con rezar. Haz verdad tu oración: obedece, cumple la voluntad de Dios, entrega la vida.

(TOI12J)