Revelación en la capilla

Entré en la capilla, y el Santísimo estaba acompañado por una mujer cuya actitud de recogimiento me impresionó. Estaba sentada en el primer banco, inclinada hacia delante con la cabeza entre las manos, como si no quisiera que nada la distrajese. El silencio parecía perfumado por la devoción de aquella alma rendida. No quise hacer ruido. Me arrodillé sigilosamente, y le dije por dentro al Señor: «Señor, me uno a la oración de esta sierva tuya».

En ese momento, tan sagrado silencio fue interrumpido por un sonido casi bestial, cavernoso y rugiente. La figura devota que tenía ante mí estaba emitiendo un ronquido digno de la siesta de un oso polar. ¡Ingenuo! Me «desuní» de aquella no-oración y comencé la mía, aunque seguí en silencio para no despertarla.

Aparentan hacer largas oraciones, dice el Señor de los escribas. Y es que, ni es oro todo lo que reluce, ni es oración todo lo que se inclina.

En todo caso, si me permites un consejo, cuando ores en un lugar público evitar adoptar posturas que llamen la atención, ni para bien, ni para mal. Arrodíllate o siéntate con sencillez. Y que sólo Dios sepa si estás rezando o no. Sé pudoroso.

(TOI09S)