Resucitado, y aún humilde

EmaúsHace seis días contemplamos, sobrecogidos, cómo Dios se agachaba hasta lavar los pies de los apóstoles. Era el mismo Dios que, años atrás, había pedido una limosna de agua a una mujer samaritana. Pero verlo postrarse hasta lavar los pies de los hombres nos hacía estremecer. Al día siguiente, lo vimos abajarse hasta la misma muerte, y descender a los infiernos. ¿Cabía más humillación en Dios?

Llegó el domingo, y el Dios postrado se alzó, triunfante, sobre la muerte y el pecado. El día era suyo, sin paliativos.

Y ese Dios triunfante, en este domingo glorioso, sale al encuentro del hombre. Debería mostrarse resplandeciente, majestuoso… Pero, cuando encuentra a los suyos, se vuelve a inclinar:

– ¿Qué conversación es esa que traéis? –¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado?

Pregunta, como quien no sabe. Se deja tomar por ignorante. Permite que lo instruyan, a Él, que es Dios, y escucha como si aprendiese. Después, se deja invitar, como peregrino que no tiene dónde pasar la noche. ¡Maravillosa humildad de Dios! Aún resucitado, sigue acercándose al hombre desde abajo.

¿Y aún seguiremos tú y yo, pobres ignorantes, mirando a los demás por encima del hombro?

(TP01X)