Relaciones tóxicas

Casi sin querer, y otras veces queriéndolo mucho, a conciencia, huimos de las relaciones «tóxicas». Si el vecino es un pesado, y no puedes decirle «hola» sin aguantar quince minutos de monólogo, prefieres esperar en el descansillo hasta que suba al ascensor. Si el compañero de trabajo está lleno de problemas, intentas mantenerlo a distancia para que no te llore en el hombro. Con aquellos antiguos amigos que ahora reniegan de la Iglesia ya no sales, no vaya a ser que te inciten al pecado…

Compa­decido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». Al tocar al leproso, Jesús contraía impureza legal. Comió con publicanos, se juntó con meretrices y, para mostrarnos su predilección por la toxicidad, incurrió en la maldición de la Cruz para redimirnos. Ya se ve que la toxicidad opera sólo de una parte: eran relaciones tóxicas para Él, y sanadoras para nosotros.

No seas tan «higiénico»: soporta un poco a ese vecino, escucha a ese compañero, sal con esos amigos. No te mancharán; a lo sumo, te robarán tiempo. Pero, en ese tiempo, les darás cariño y, a través de ese cariño, podrás llevarles el Amor sanador de Dios. ¡Mánchate un poco, por favor!

(TOB06)