Rasgando horizontes

El mundo de Andrés, como el de tantos hombres, era pequeño: su hermano, sus amigos, su trabajo como pescador, el Mar de Galilea, Cafarnaúm… En ese pequeño universo, que, de cuando en cuando, se extendía en peregrinación a Jerusalén o al Jordán, donde Juan bautizaba, Andrés se encontraba cómodo: lo conocían, y los conocía. Nada como el terreno conocido para echar raíces. Y bien arraigado estaba Andrés, en su tierra y entre los suyos.

Hasta que, un día, aquel rabbí a quien había conocido gracias al Bautista le dirigió una llamada como un cuchillo que rasgó el horizonte de su pequeño universo:

Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

Andrés llevó el Evangelio hasta Kiev, que se encuentra a 3.000 kilómetros de Cafarnaúm. Después murió crucificado en Acaya.

Escucha esa misma llamada, como si fuera dirigida a ti. Y cambia el lago por el mundo, los peces por hombres, las redes por la Cruz. El verdadero encuentro con Cristo abre horizontes inmensos, universales. Nada más ajeno al cristianismo que el permanecer arropado en la familia o en el grupito de amigos afines. Cuando se está llamado a redimir la tierra, siempre hay un cascarón que romper.

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