¡Que llega el esposo!

¡Cuántas veces, en los santos evangelios, nos invita el Señor a permanecer en vela, esperando su llegada! Y ¡cuántas veces, al escuchar esa advertencia, pensamos en su segunda venida, al final de los tiempos, o, en el mejor de los casos, en el día de nuestra muerte, que siempre nos parece tan lejano!

¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

«Bueno, bueno… ya llegará». Y, entre un «ya llegará» y un «hoy no ha llegado», se nos pasa por alto que el Señor viene a nosotros cada día, cuando comulgamos.

Llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Si nos preparamos, si llegamos pronto a misa para recogernos antes de que comience, si la comunión nos encuentra en gracia de Dios, llenos de fervor y de hambre de Cristo, ¡qué banquete tan dulce y precioso tiene lugar en el fondo del alma, cuando se han cerrado las puertas y el Pastor y la oveja quedan a solas! Pero, si la comunión nos encuentra distraídos, dormidos, pensando en nuestras cosas y disipados, entonces nos quedamos fuera del alma, a las puertas, y lo que debería ser comunión se convierte en mera deglución.

¡Velad!

(TOI21V)