¡Qué gracia!

Estamos ante una de las páginas más luminosas de toda la Escritura. Ese diálogo entre Gabriel y la santísima Virgen alumbra en el alma resplandores de Cielo:

Alégrate, llena de gracia… No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.

¿No se resume en gracia, al fin y al cabo, todo el misterio de la salvación humana? Está ante la Inmaculada, y Gabriel no dice: «Lo has hecho todo bien», aun cuando sería verdad. Pero su mensaje es: «A Dios le haces gracia, eres graciosa a sus ojos. Te mira, y sonríe». Todo el beneficio que la gracia divina derrama en el alma de una criatura comienza así: «Le has hecho gracia a Dios».

Me consuela, porque no soy, precisamente, inmaculado. Pero Dios ha derramado su gracia en mí, y sé que le hago gracia. No puedo dejar de pensarlo; en mi pecado y en mi imperfección, soy un agraciado, Dios me mira y sonríe. Y Él irá santificando su nombre en mí, con tal que yo diga, de corazón, lo que respondió la Inmaculada:

Hágase en mí según tu palabra.

Sólo el miedo a rendirme en sus manos podría truncar esta historia de amor. No lo permitas, Dios mío.

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