¿Qué compasión pedirás, si no padeces?

Supongamos que un amigo te debe tres mil euros. Y, cuando le llamas para que pague su deuda, te responde: «No te pago porque eres muy feo. Podría pagarte, porque tengo dinero a espuertas, pero no me da la gana». Lo normal será que, ante semejante respuesta, acudas al juzgado de guardia más próximo para que sea el juez quien le obligue a tu amigo a pagarte. Y, de paso, a indemnizarte por llamarte feo.

El deudor de la parábola, aunque después demostró ser indigno del perdón, al menos guardó las formas:

El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar.

Pudo el señor compadecerse, porque vio que el criado padecía.

¿Te duelen tus pecados? ¿Te duele, al menos, la condena que por ellos mereces?

«Por ser Vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido. También me pesa porque podéis castigarme con las penas del Infierno».

Medita esas palabras, y pide la gracia de una verdadera compunción. Porque, si no te duelen tus pecados, ¿qué compasión esperarás de Dios?

(TC03M)