Presbicia

Recuerdo, con admiración, a mi abuela enhebrando una aguja. Lo hacía con una facilidad sorprendente. Y yo, que tengo veinte años menos de los que ella tenía entonces, anteayer tardé más de diez minutos en enhebrar una aguja para coser un miserable botón. Maldita presbicia. ¡Con lo bien que veía yo cuando era niño!

Pero la edad tiene estas cosas… en el cuerpo. Curiosamente, con la mente sucede lo contrario. Pasan los años, y cada vez distingues con más definición las motas en los ojos del prójimo. No hay defecto, por pequeño que sea, que se te escape. Y no hay persona, por santa que sea, a la que no le descubras una mácula. ¿Será posible que veas tan mal para enhebrar agujas, y tengas esa agudeza para descubrir defectos? Por desgracia, sí. Es posible.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿No has pensado que esa habilidad que has desarrollado, con los años, para descubrir defectos, puede ser tan degenerativa como la presbicia? Quizá no sean ellos quienes tienen motas; puede que tu juicio también se haya deteriorado, aplastado entre vigas.

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