Preludio de Getsemaní

El instinto de supervivencia es natural en el ser humano. No pertenece a la concupiscencia, que es esa tendencia al pecado heredada de Adán. El afán de supervivencia es la nostalgia de un lugar donde el hombre no moría. Jesús, cordero de Dios, no sufrió la tendencia interior al pecado, pero quien era la Vida misma sí experimentó el anhelo de sobrevivir. En Getsemaní, ese afán le hizo sudar sangre, y luchó contra su voluntad divina de obediencia. La obediencia venció, y Jesús se entregó a la muerte.

No sucedió entonces por primera vez. Cuando los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús, el Señor experimentó, como cualquier hombre, la inclinación a salir corriendo de allí. Pero el deseo de salvar almas fue más fuerte en Él, y, en lugar de alejarse, continuó ofreciéndoles la salvación hasta el último momento.

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.

Sólo después, cuando los judíos despreciaron esta última mano tendida, se les escabulló de las manos.

Ojalá, también a ti, te importen más las almas de los pecadores que tu propia vida. Entonces serás apóstol.

(TC05V)

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