¿Por qué tanto miedo?

El domingo, al llegar la noche, los apóstoles estaban encerrados en el cenáculo, por miedo a los judíos. Apareció entonces el Señor en medio de ellos, y se asustaron. Tomaron a Cristo por un fantasma, y se echaron a temblar.

Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Los apóstoles temblaban de miedo, a causa de la tormenta. Entonces vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron. De nuevo lo tomaron por un espíritu, y el miedo se redobló: noche cerrada, en medio del mar, con tormenta, y, además, con fantasma. Como en una mala película de terror.

¡Pobres apóstoles! ¡Pobre de mí! ¡Pobres de nosotros! Tenemos miedo del problema, y también tenemos miedo de la solución. Se entiende que nos aterre la muerte. Pero que temamos a quien ha vencido a la muerte y camina sobre las aguas no se entiende. ¿Por qué? ¿Qué extraño miedo hace que no nos entreguemos del todo a Él?

Quizá deberíamos volver sobre esas palabras del Señor: En el mundo tendréis luchas, pero confiad; yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).

(TP02S)