¿Por qué no transformamos los ambientes?

Siempre que escuchamos la parábola de la levadura en la masa pensamos en el mundo, y en cómo los cristianos deberíamos, por la santidad de nuestras vidas, hacerlo fermentar en amor a Cristo. Pero el mundo sigue despreciando al Salvador, aunque los cristianos siguen acudiendo a los templos los domingos. ¿Por qué no contagiamos nuestra alegría? ¿Por qué, después de dos mil años, no hemos hecho fermentar la Tierra?

Quizá tengamos que leer de nuevo la parábola y, antes de llevar los ojos al mundo, meditar si se está cumpliendo en cada uno de nosotros.

Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó. El día tiene veinticuatro horas. Si, a lo largo del día, espolvoreases media hora de oración por la mañana, el rezo del rosario por la tarde, unos minutos de lectura espiritual al mediodía, y la santa Misa cuando mejor te venga, esas prácticas de piedad serían como levadura que harían fermentar el día entero. Al cabo de un tiempo, te encontrarías rezando mientras comes, mientras conduces, mientras trabajas… ¡mientras duermes!

Pero si los cristianos no hemos sido fermentados primero… ¿cómo pretenderemos hacer fermentar al mundo?

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