Por qué no soy agnóstico

El ateo es un soberbio. ¿Cómo puedes afirmar que Dios no existe, si es algo tan por encima de tus capacidades? ¿Quién crees que eres? ¿Dios?

El agnóstico, al menos, es humilde: reconoce que no está capacitado para saber si Dios existe o no. Quizá, si el Hijo de Dios no hubiera venido a la tierra, yo mismo sería agnóstico. Una de tres: o tiene uno la capacidad de Aristóteles para alcanzar con su razón a Dios, o tiene la humildad necesaria para fiarse de Aristóteles, o al menos tiene la humildad suficiente para declararse agnóstico.

Pero el Hijo de Dios ha venido al mundo. Y, desde la tierra, ha llamado Padre a Dios. Y nos ha abierto un camino para que nosotros, a través de Él, hagamos lo mismo:

Vosotros orad así: «Padre nuestro…»

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Esto lo cambia todo. No soy agnóstico porque rezo el Padrenuestro. Y sólo puedo hacerlo desde el costado de Dios hecho hombre. Yo no hubiera podido alcanzar a Dios, pero Dios me ha alcanzado a mí. ¡Cómo no creer!

(TC01M)