Por la avaricia, a la santidad

¿Qué dirías de un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra? Dirías que es un avaro, un hombre sediento de riquezas, capaz de vender los gemelos de su abuelo para hacer la mejor puja en una subasta de joyas.

Es curioso cómo, en el orden espiritual, actitudes que son pecaminosas en el orden material se convierten en virtudes. Y, así, el Señor puede invitarnos a atesorar perlas en el Cielo, y a perder cuanto tenemos con tal de conseguirlas. Está claro que no hay apetencia mala en el hombre. Los pecados son apetencias desordenadas que se encaminan al bien cuando las encauzamos correctamente. Y la avaricia se convierte en piedad cuando el tesoro es el Amor divino.

Modera tus deseos de bienes temporales, fama, afectos humanos o éxitos terrenos. Pero, a la vez, fomenta en tu alma deseos grandes, descomunales, insaciables de Espíritu Santo, Eucaristía, intimidad con Cristo, Amor divino. Y, aunque esos deseos tengan diez veces tu tamaño, y te veas incapaz de satisfacerlos, no temas perderlo todo en este mundo por lograr esos bienes. Te aseguro que Dios no te dejará con hambre.

(TOI17X)