¡Por fin, de día!

La noche ha sido larga. Parecía que no terminaría jamás. Alzabas la vista, mirabas al frente, y sólo veías tinieblas. Unos metros de agua, unos años de vida, y, después… la noche, la muerte. Muchos quisieron convencernos de que era inútil esperar más, de que el hombre era un ser para la noche y el sol jamás saldría, porque no había sol. Mejor –decían– soñar, soñar, aunque sea mentira, hasta ser devorados por la muerte.

Pero hoy, domingo, por fin, ha amanecido. Y, desde la barca, se ven la orilla y el sol. Está en Oriente. La niebla se ha disipado, y sabemos que vamos hacia Oriente, no hacia Poniente. No moriremos, naceremos.

¡Con qué claridad, ante los ojos castos de Juan, se divisa el brillo del Sol recién nacido!: ¡Es el Señor!Allí está, y desde allí nos llama, con sus brazos abiertos. ¡Muchachos!Tan clara es la luz, que parece estar aquí mismo, a nuestro lado.

¡Mira al frente, alma cristiana, que es de día! Y no temas ya a la vida, ni a la muerte. Cristo glorioso te llama y te espera. Clava tus ojos en Él, que pronto estarás comiendo a su lado en la orilla.

(TP01V)