Perfumes

Mientras el rey se recuesta en su diván, mi nardo exhalaba su perfume (Ct 1, 5).  El Cantar de los Cantares está lleno de perfumes; sus páginas huelen a mujer y a Dios. También la Pasión de Cristo sucede entre perfumes. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Hoy es el nardo; el viernes, Jesús olerá a mirra y áloe. No en vano habla san Pablo del buen olor de Cristo (2Co 2, 14).

Nunca mezcles un perfume con un aire pestilente. La pestilencia y el buen olor no pueden coexistir. Porque el buen aroma no oculta la pestilencia, pero la fetidez adultera el perfume. Si quieres perfumar una habitación, airéala primero, y saca de ella el aire viciado; después, la perfumas. Y todo olerá bien.

No pueden coexistir, en tu alma, la pestilencia del pecado con el aroma de la piedad. Limpia primero el alma en la confesión sacramental, y perfúmala con una santa piedad después. Luego la llevarás ante el Crucifijo, la quebrarás a los pies del Señor, y enjugarás esos pies con lágrimas de contrición. He ahí tu Semana Santa.

(LSTO)