Perfectos insensatos

Hace pocos días contemplábamos cómo Simón, invitado por Jesús a salir de la barca y a caminar hacia Él, apenas pudo dar unos pasos sobre al agua antes de hundirse, presa del miedo. Hoy, el mismo Simón, mientras regaña a los niños que desean aproximarse a Jesús, tendrá que escuchar estas palabras:

Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.

¡Qué paradoja! «Tú no pudiste acercarte a Mí sobre las aguas, y ahora quieres impedir que los niños se me acerquen. Pero ellos lo harán mejor que tú, porque tú estás atrapado entre tus miedos, mientras los niños son unos “perfectos insensatos”, y no tienen respetos humanos. ¡Si aprendieras de ellos!».

Aprende también tú. Porque, en ocasiones, con la excusa de que el sacerdote tiene mucho que hacer y no lo quieres molestar, temes pedirle que te confiese. Otras veces prefieres no pedirle a Dios según qué cosas, por miedo a la decepción que experimentarías si no te las concediese. Incluso has llegado a pensar en dejar de confesarte, porque ese pedir tantas veces perdón por «lo mismo» te parece abusar de la misericordia divina.

¡Sé niño!

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