Pequeño entre los pequeños

A Dios debería corresponder el lugar más alto entre los hombres. Y, sin embargo, en cada Eucaristía, cuando el sacerdote extiende las manos sobre un trozo de pan y un poco de vino, el Señor desciende al altar, se oculta bajo esas apariencias tan humildes, y se hace presente como el más pequeño de todos. Incluso el niño que, en brazos de su madre, llora y rompe el silencio de la asamblea, se hace notar más que Él. Él calla, duerme, se postra, y hasta para entrar en el cuerpo de sus discípulos tiene que ser llevado allí por las manos del sacerdote. Mirad al Omnipotente, tratado como un inválido. ¿Hay alguien más pequeño que Él en la asamblea? Y, sin embargo, ¿existe alguien mayor que Él?

Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

Si nos dejáramos sobrecoger por este misterio, si comulgásemos bien, saldríamos de la iglesia tan empequeñecidos que nada desearíamos sino postrarnos a los pies de nuestro prójimo, a fin de ocupar el sitio que Él ha ocupado ante nosotros. Y no desearíamos aparentar ni brillar ante los hombres, sino, solamente, servir.

Pero ¿nos sobrecogemos en cada Eucaristía?

(TOI07M)