Pecado y ridículo

Si no fuera porque estamos hablando del día en el que el hombre mató a Dios, tendríamos que decir que es para partirse de risa. Y, si poco lugar hay para la risa en un momento como ése, al menos reconozcamos el ridículo allá donde está. Porque el pecado convierte al hombre en un ser ridículo.

¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación. Por no declarar sus verdaderas intenciones, ni manifestar abiertamente el odio y la envidia que sentían hacia Jesús, estos hombres alegan que el Señor atenta contra el «perfil bajo» que convenía a Israel para no ser devorado por Roma. ¡Anda ya! Como si vosotros fuerais caballeros ingleses en un club de lectura.

A menudo se dice, y con razón, que Caifás, sin pretenderlo, profetizó al decir: Os conviene que uno muera por el pueblo. Pero la profecía del sumo sacerdote comenzó unas palabras antes: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis.

¿No comprendes que, aunque te engañes llamando virtud a tus pecados, no puedes engañar a Dios? Sé sincero, aunque sólo sea por salvarte del ridículo.

(TC05S)